LIDERAGORA.net | El blog de Daniel Sánchez Reina

Un espacio de lectura y reflexión sobre Liderazgo Empresarial. Y si quieres todavía más… todos los JUEVES a las 16:20 (GMT+1), en CAPITAL RADIO, mi sección "QUIERO SER UN BUEN JEFE"

En la empresa, la arrogancia genera silencios

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En la empresa, la arrogancia genera silencios

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Gloria llevaba tiempo, demasiado quizá, observando en su empresa unos comportamientos a los que su mente cartesiana necesitaba poner nombre. No sabía exactamente por qué se producían aquellas dinámicas extrañas. Pero comenzaba a vislumbrar que existía un eje común alrededor del cual pivotaban.

En un período de descanso estival, su cabeza, sin ella notarlo o saberlo, trabajaba buscando ese eje. Y uno de esos días, bajo el chorro de la ducha, sintió el gozo intelectual del Eureka del científico: el elemento en cuestión se llamaba ARROGANCIA.

La arrogancia explicaba todo aquello que Gloria experimentaba a su alrededor. Ahora sí, las piezas encajaban. No era la primera vez que reflexionaba sobre este concepto. Se trataba de un subproducto del ego sobre el que en otras ocasiones ya había cavilado.

Me contaba Gloria que el asunto de la arrogancia le conducía inevitablemente a la clásica disputa entre Hobbes y Rousseau. Ambos filósofos partían del concepto ‘Estado de Naturaleza’ para designar aquel contexto primigenio en que el ser humano apareció y comenzó a configurar su ‘ser individual’ y su ‘ser social’.

Hobbes sostenía que en el Estado de Naturaleza los humanos ya nacimos albergando sentimientos malvados y egoístas. Fueron las leyes sociales las que amansaron nuestra bestia interior y generaron la sociedad actual, mucho más bondadosa y altruista que la original. ‘El hombre es un lobo para el hombre’, decía Hobbes. Según él, la Ley del Hombre sustituyó a la Ley de la Selva.

Por el contrario, Rousseau sostenía la tesis de que en aquel Estado de Naturaleza el ser humano era esencialmente bondadoso y altruista. Fueron las leyes y convenciones sociales creadas para regir la convivencia las que le pervirtieron –y siguen pervirtiendo–, haciendo aparecer la maldad en la sociedad.

Gloria se reconocía fundamentalmente hobbesiana. Cuando observaba esas actitudes violentas y egoístas en niños de 1 o 2 años; o esas guerras inciviles donde se violan sistemáticamente los más elementales criterios de humanidad; o la creación de algunas naciones a golpe de machete y fusil, tendía a pensar que efectivamente son las leyes las que nos permiten vivir en un entorno civilizado.

La arrogancia en los jefes siempre remitía a Gloria a la dicotomía del Estado de Naturaleza. Ejercida desde posiciones de poder, es un reducto de la Ley del más Fuerte –fuerza intelectual, moral, física, económica, política o social– que, en lugar de manifestarse a través de las armas, lo hace de forma verbal y conductual.

La arrogancia es la cara vista de una cara oculta tras la que se esconden complejos, inseguridades, insatisfacciones, probablemente también sueños rotos, y con toda seguridad vacío, mucho vacío. Hace mucho daño, es destructiva y autodestructiva.

Gloria llegó a la conclusión de que, cuando un directivo la practica en la empresa, comenzaremos a observar comportamientos anómalos a nuestro alrededor. La arrogancia puede existir en todos los niveles de una organización, pero es mucho más tóxica cuando se practica desde posiciones directivas, porque el daño que se puede llegar a hacer se extiende como una mancha de aceite.

La arrogancia genera silencios.

A ningún miembro de nuestros equipos le apetecerá verse pública o privadamente cuestionado por las malas artes de un jefe arrogante. Entre ellas se cuentan:

– la humillación, ya sea por acción verbal o por omisión al ignorar a la persona;

– la ridiculización pública, que es una manera de situarse por encima de los demás y de recordar quién manda;

atacar al que destaca, para desacreditarle y evitar que le pueda hacer sombra;

– el no reconocimiento de los errores, que tanto puede ser una manifestación de excesivo orgullo como de arrogancia, pero en este último caso se distingue porque se une al resto de síntomas;

– el endiosamiento, como resultado de la interacción del arrogante con un grupúsculo de la organización que emerge a su alrededor, al que me referiré más tarde y que Gloria acostumbraba a llamar ‘palmeros’;

– la culpabilización del que ya no está o del que pasaba incidentalmente por allí, que es una consecuencia de la no asunción de errores por parte del jefe;

– los monólogos autocomplacientes, que colman el deseo del arrogante de oírse a sí mismo;

– la sistemática falta de escucha a todo aquel sonido que no sea su propia voz.

Coincido plenamente con la visión de Gloria sobre los efectos de la arrogancia. La he visto practicar en no pocas ocasiones, tanto en el ámbito personal como profesional.

¿Te ves identificado como jefe arrogante? En tal caso sigue leyendo para ver si soy capaz de convencerte de cuán tóxica es tu actitud y de lo mediocre que es tu desempeño. Si no te sientes identificado, te felicito.

¿Te sientes víctima de un entorno donde tu jefe gestiona desde la arrogancia? Entonces mi recomendación es que te cargues de noradrenalina y huyas cuanto antes de allí.

Gloria categorizó los fenómenos conductuales que se producen en los equipos o compañías gestionados por jefes arrogantes. Uno de los síntomas que antes se perciben en un departamento u organización gestionado desde la arrogancia es que el grupo no habla cuando el jefe está presente. Les cuesta emitir opiniones porque han experimentado en sus carnes –o presenciado en la de otros– la ridiculización, la humillación, el caso omiso. Profesionales que en otros entornos demuestran o demostraron su valía, se empequeñecen o acaban auto-empequeñeciéndose ante una jefatura arrogante. La prioridad no es la profesionalidad. La prioridad es salir indemne.

El diccionario de la Real Academia Española define Tirano como ‘aquél que abusa de su poder, superioridad o fuerza’. Se ajusta bien a las características del jefe arrogante, así que, por extensión del lenguaje, podemos decir que su gestión se caracteriza por el ejercicio de la Tiranía.

Gloria observó que, debido a la toxicidad de una jefatura arrogante, surgen 3 grupúsculos bien diferenciados en la organización:

– Los ‘Palmeros’ o ‘Aduladores’, que son los que se dedican a aplaudir sistemática y estentóreamente cualquier opinión o decisión del Tirano. Serían el equivalente al ‘bufón’ de las cortes palaciegas medievales, si no fuera porque no nos hacen reír sino todo lo contrario: nos producen una mezcla de indignación, pena y vergüenza. No son un grupo cohesionado, actúan por intereses meramente individuales. Ocupan gran parte de su tiempo en conseguir los favores del jefe a través de la confidencia de chismes, rumores, descréditos y delaciones. Le hacen un flaco favor al Tirano –y por supuesto a la compañía–, ya que le impiden darse cuenta de su error y de su mediocridad, dado que alimentan y amplifican su arrogancia.

– Los ‘Asentidores’, que son los que le dicen que sí a todo. Sienten el temor a caer en desgracia o a enzarzarse en discusiones –las cuales acostumbran a caracterizarse por ser bastante desagradables–, y las evitan. Tampoco acostumbran a formar un grupo cohesionado. Podemos distinguir 2 subgrupos: los Desmotivados y los Cumplidores-de-9:00-a-18:00. Ninguno de ellos destaca por su compromiso con los colores corporativos.

– Los ‘Rebeldes’, cuyo futuro en la empresa suele ser corto. Por su fugacidad y leve huella, es un colectivo proclive a ser culpabilizado de todos los males presentes y futuros. A diferencia de los dos grupos anteriores, sí acostumbran a formar piña entre ellos. Son un colectivo homogéneo, cuya labor principal es la de contaminar a los ‘Asentidores’ para que se unan a ellos. Suelen desear que las cosas vayan mal, como venganza contra el Tirano y porque ellos no esperan estar mucho tiempo más entre esas paredes.

Existe un cuarto colectivo que no se ha considerado, dada su elevada temporalidad: los Recientemente Incorporados. Todavía no han padecido los estragos personales o colectivos del Tirano. Al poco tiempo devendrán inexorablemente en miembros de uno de los tres grupos.

Repasemos el tétrico cuadro que tenemos ante nosotros: unos Palmeros que se dedican a aplaudir, unos Asentidores acríticos, y unos Rebeldes apuntando su munición a la línea de flotación de la compañía.

Entonces… ¿quién se dedica a trabajar por la empresa?, ¿quién lucha por la consecución de resultados? ,¿quién aporta ideas de valor? La respuesta es casi una tautología: el propio jefe arrogante.

¿Cómo ve el jefe o la jefa arrogante todo esto que ocurre a su alrededor? ¿Cómo vive los efectos de su actitud?

Fijémonos: el Tirano observa que cuenta con unos colaboradores que ensalzan cualquier cosa que haga o diga, pero que aportan muy poco a la empresa. Por otro lado, otro colectivo tan solo asiente, sin aportar demasiado tampoco. Y después están los rebeldes, que obviamente adolecen de ganas de contribuir.

Por tanto, ésta es la estampa que el jefe arrogante ve a su alrededor:

– Se considera una fuente inagotable de buenas ideas.

– Si él/ella no piensa, nadie piensa.

– Sus colaboradores aportan muy poco a la compañía.

– Sin él/ella la empresa se iría a pique.

Ergo, su visión de la situación retroalimenta su rol de tirano y le reafirma en sus convicciones, comportamiento y acciones.

De ese ecosistema no surgirá nada bueno.

Te deseo lo mejor.

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Socio Ejecutivo de la consultora E2-Eficiencia Empresarial.
Autor de El dilema del directivo (LID Editorial).

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Esta entrada fue publicada en enero 31, 2017 por y etiquetada con , , , .

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